Uno de los mayores desafíos que enfrenta México en términos de energía es su dependencia del gas natural, especialmente del suministrado por Estados Unidos. Esto quedó demostrado recientemente durante las interrupciones del suministro causadas por la ola de frío en Texas. Además, México también sigue siendo dependiente del petróleo, a pesar de que la producción nacional ha estado en declive durante años.
La diversificación energética es clave para reducir esta dependencia y garantizar la seguridad energética. Sin embargo, la política energética actual de AMLO ha frenado o revertido algunas de las iniciativas encaminadas a aumentar la diversificación, como la suspensión de las licitaciones para la exploración y producción de hidrocarburos y la cancelación de proyectos de almacenamiento de gas natural.
La falta de diversificación energética y la dependencia de los combustibles fósiles tienen implicaciones significativas para las empresas mexicanas, ya que enfrentan una mayor exposición a la volatilidad de los precios y a posibles interrupciones en el suministro.
La política energética de AMLO, que favorece a la empresa estatal Comisión Federal de Electricidad (CFE) y busca reducir la participación del sector privado en la generación de energía, ha generado preocupaciones entre los inversionistas, tanto nacionales como extranjeros.
El cambio en las reglas del mercado eléctrico y la incertidumbre regulatoria hacen que las empresas y los inversionistas sean más cautelosos a la hora de invertir en el sector energético mexicano. Esto podría tener consecuencias negativas para el crecimiento económico del país, ya que la inversión en infraestructura y proyectos energéticos es vital para impulsar la economía y generar empleo.